¡Qué barbaridad!, ¡cuánto tiempo!. Fue empezar a la guardería e írsenos el santo al cielo. Y es que la vida en este último mes no ha dado para mucho. Bueno… en realidad sí. Que adaptarse a la vida de guardería tiene lo suyo. Creo que les costó más a Papá y Mamá, aunque ahora le están cogiendo el gusto. Entre las novedades rutinarias de nuestra vida está la aparición del castigo. Antes hacíamos lo que nos venía en gana y como mucho, una voz. Ahora es la voz (luchan por evitarla, pero no pueden je je) y el castigo, que consiste en pasar unos minutos (a veces ni eso) en una butaca del salón. Se supone que ayuda a la recapacitación (si has leído esta palabra bien a la primera tienes premio). Veremos. Por ahora… Lo que mola es que empezamos a controlar cada vez más el lenguaje (el oral pues como veis, el escrito no tiene secretos) y eso hace que nos entendamos mejor con los jefes y eso mola. Muchos juegos divertidos han aparecido, como la plastilina, que es perfecta para destrozar alfombras, pero también han aparecido nuevos retos. Parece ser que el uso del chupo tiene fecha de caducidad. Creemos poder alargarlo. Un día sin chupo puede ser chungo para nosotros y por ende, muy largo para ellos. También tendremos que dejar de cagarnos encima. Esto está bien. A mi, particularmente no me mola andar cagao, pero aguantar y hacerlo en el váter se me antoja difícil… pa largo. Pero como dicen ellos, todo se andará.