Ya pasó. Cruzamos la barrera de los dos años. Y no se siente nada especial; ni crisis ni nada. El día estuvo muy bien, tranquilo puesto que la celebración es el Domingo que viene, pero agradable, completo. Nuestras dos abuelas vinieron a comer con nosotros y con ellas la segunda tanda de regalos. Antes Papá y Mamá nos regalaron un balancín y un tobogán (¡es la caña!). Luego llegaron las mochilitas (de Pocoyó y Hello Kittttttyyyyyy), una plancha con su mesa (me encanta planchar) y un tren. Luego estuvo el tío Andrés, y después fuimos a casa de la tía Charo, que hoy era su santo y lo celebraba con una cena. También allí soplamos velas, una y otra vez (que rollo). Y digo rollo porque me cuesta mucho. A Martín, en cambio, se le da de lujo. Y entonces fue cuando me empecé a encontrar mal y me subió un poco la fiebre, y ahora ya de vuelta en casa, os dejo este post, un poco soso y frío para ser el día que es, pero sabréis disculparme. Estoy malita. Hasta mañana.