Fue justo después del baño. Mamá le ponía el pijama a Martín y Papá estaba acabando de secarme. Los dos estábamos un poco alterados y entonces Mamá puso en la tele la película de Los Increíbles. Nos relajamos un poco, pero se ve que no lo suficiente. Y entonces fue cuando empezó todo. Papá adoptó una extraña conducta… empezó a saltar encogiéndose en el aire y lanzando los pies hacia delante y hacia tras, gritando frases sin sentido aparente… “¡pecadores!. ¡Bambinos de la pradera!. ¡Os digo trigo por no llamaros Rodrigo!” y más. Daba dos pasos en un sentido y repentinamente cambiaba de dirección al tiempo que gritaba “Jarrr” tomando aire de manera casi angustiosa. Miré a Martín y le dije: “Este hombre se mea, no encuentra el camino del baño y se empieza a poner nervioso”. Mamá le miró fijamente, como si ya lo hubiera vivido y supiera a que obedecía tal comportamiento. Nosotros hicimos lo propio aunque justo por todo lo contrario. Tres miradas clavadas en él… y se obró el milagro. Repentinamente Papá dejó de convulsionarse y continuó con su cometido, sin tener que ir al baño ni nada.