Acabamos de llegar de la fiesta en honor de Sara y Adolfo por su próximo enlace matrimonial (¡olé qué 18 meses más pedantes!) y ya estamos en la crónica. Lo mismo tenemos que dejar de escribir de repente, pues Papá y Mamá nos hacen durmiendo. ¡Estuvo genial!. Todo el mundo pendiente de nosotros y nosotros a nuestra bola, aprovechando que ahora nos lo podemos permitir. Papá y Mamá sufrieron de lo lindo con la piscina. A Emma le dió palo abusar de ellos, y a mi prima Lucía también, pero yo los traje de cabeza gritando todo el rato ¡ABUA! al tiempo que me acercaba al borde. ¡Les entraba pánico!. Y con razón, porque si me dejan me tiro. ¿Acaso conozco las consecuencias?. A veces me paso mogollón con ellos.

Todo el mundo insistió en lo guapos que éramos. Por lo que parece, de cara al futuro eso puede ser importante. Aunque cuando no eres guapo te dicen “qué rico”. Yo no sé si prefiero ser guapo o ser rico. (Me confirma Emma que la palabra “rico” tiene más acepciones). En compensación por el sufrimiento acuático, convine con Emma en desplegar nuestros encantos para que así “los jefes” se sintieran “henchidos de gozo” ante la respuesta del respetable. ¡Incautos!. ¡Qué facilones!. Un besito por aquí, una caidita de ojos por allá… ¡y al bote!. (Emma me confirma, por lo que dicen Papá y Mamá, que esto no funcionará siempre). ¡Ostras, que vienen!. Os tenemos que dejar. ¡Emma!, ¡espérame cabrita!.